En estos momentos en los que hay que permanecer en las casas y no se puede practicar deporte al aire libre debido a la crisis sanitaria del Covid-19, nos gustaría contar la historia de un hombre que fue capaz de seguir haciendo ejercicio físico en unas condiciones de confinamiento mucho peores de las que podemos tener la mayoría.

Se trata del líder político, presidente de Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela. La historia comenzó cuando él y toda la cúpula de su organización, el Congreso Nacional Africano (CNA), fueron condenados a cadena perpetua en el famoso juicio de Rivona el 11 de junio de 1964. Poco después fue encarcelado a los 46 años en la penitenciaría de máxima seguridad de Robben Island, considerada la prisión más brutal y represiva del sistema penitenciario del país, donde pasaría 18 años de los 27 que vivió encarcelado. En ese momento, ante él se abría la perspectiva de un sombrío futuro: el de vivir el resto de su vida privado de libertad y en unas condiciones deplorables.
Una de las primeras medidas que adoptó para hacer frente a su nueva situación fue crear una tabla de ejercicio para practicar todos los días. Ésta incluía correr durante un máximo de 45 minutos en el espacio muy reducido de su celda; motivo por el cual Gerardo Prieto en un reciente artículo denomine a Mandela el runner minimalista. Además, realizaba de lunes a jueves sentadillas, abdominales, flexiones y otros ejercicios aprendidos en los gimnasios de boxeo, y luego se tomaba los tres siguientes días de la semana para descansar.
El político ya tenía ese hábito atlético porque en la universidad de Fort Hare había practicado el boxeo y la carrera campo a través en la que, según él mismo reconoció, suplía su falta de talento innato con disciplina y diligencia. Aunque desde que había entrado en política no había participado en ningún combate, seguía manteniendo la rutina de los entrenamientos antes de entrar en prisión. Una vez en ésta hay que reconocerle el enorme mérito que supone seguir practicando deporte viviendo con unas condiciones materiales tan deplorables: una celda diminuta, fría y húmeda, mala alimentación, aislamiento y trabajos forzados.
Si Nelson Mandela eligió hacerlo y lo mantuvo durante toda su vida fue por los grandes beneficios que le aportaba esta actividad. Por un lado le ayudaba a mantener la forma física en unas circunstancias en las que abandonarse a la desidia y la pereza hubiera tenido consecuencias desastrosas. Pero, al mismo tiempo, era una forma de despejar y liberar la mente de los problemas y las casi continuas frustraciones que también tenía que afrontar. Y también constituía una herramienta para mantener la moral, el ánimo y la dignidad cuando el entorno y los carceleros conspiraban para arrebatárselo. El propio Mandela, citado por Gavin Evans, explica de esta manera lo que significaba para él: “El ejercicio disipa la tensión, que es enemiga de la serenidad. Había descubierto que trabajaba mejor y pensaba con mayor claridad cuando estaba en buena forma física, por lo que los entrenamientos se convirtieron en una de las disciplinas inflexibles de mi vida”.
Además, como también sucedió en tantas otras facetas de su vida, se convirtió en un modelo y un referente y tanto presos de su generación como otros más jóvenes que llegaron después empezaron a hacer ejercicio como él.
Hay algunos que creen que con actos como estos forjó su carácter y destino. Yo creo que más bien que, por el contrario, fue el poseer previamente una fuerza de voluntad extraordinaria la que le permitió mantener una disciplina tan férrea en unas condiciones tan difíciles. Como él mismo escribió en su autobiografía “El largo camino hacia la libertad”: “La prisión es una especie de crisol, una dura prueba en la que queda al descubierto el carácter de un hombre. Bajo semejante presión, algunas personas muestran el verdadero valor, mientras que otros se revelan más débiles de lo que parecían”.
En 1977, cuando llevaba 13 años en prisión, por fin se abolieron los trabajos forzados y, al cesar esa actividad y no poder realizar la caminata diaria hasta el centro de trabajo que él consideraba tonificante, Nelson comenzó a subir de peso y se dio cuenta de lo importante y necesario que era para él seguir corriendo y haciendo su gimnasia diaria.
En los años noventa, una vez liberado y más tarde cuando ya era presidente de la nación, siguió realizando ejercicio de manera continuada, aunque adaptado a su avanzada edad y algunos achaques sufridos como una operación de tobillo o una tuberculosis que padeció años antes. De esa forma aportó otra valiosa lección de vida de las muchas que proporcionó este hombre y que se recuerda hasta nuestros días con la celebración de carreras en todo el mundo que llevan su nombre. Tuve la suerte de haber participado el año pasado en una de ellas, la Nelson Mandela Race, una carrera de diez kilómetros que celebraba su segunda edición en Madrid y de la que siempre recordaré la meta en el paseo de Camoens en la que el embajador y miembros de su delegación vestidos con trajes típicos del país recibían a los corredores.
Pero es que además Nelson Mandela fue capaz de ir más allá de los beneficios individuales de la práctica del deporte y comprender la capacidad de transformación política y de cohesión social que tenía éste, lo que demuestra su altura de miras. Semejante hecho ocurrió en 1995, un año después de ser elegido como el primer presidente negro de Sudáfrica. Entonces se celebró la Copa del Mundo de rugby en su país. Hasta entonces el equipo de este deporte, los Springbooks, se asociaba a la minoría blanca que había gobernado durante décadas el país y a la política del apartheid. Pero Mandela en ese momento decidió apoyar públicamente al equipo para tratar de evitar que se produjeran disturbios raciales cuando se celebraba el evento deportivo mientras la mirada del mundo estaba pendiente de Sudáfrica. Pero es que, además, este líder se propuso conseguir algo mucho más ambicioso que fue tratar de aglutinar a todas las etnias de la nación en torno a un mismo objetivo común. Propósito que logró cuando Sudáfrica se enfrentó a Nueva Zelanda en la final y la venció alzándose con el título mundial. Esta historia ha sido recogida por el escritor y periodista John Carlin en su ensayo “El factor humano” de 2008, que se popularizó cuando fue llevado al cine por Clint Eastwood al año siguiente bajo el título de “Invictus” y con un elenco en el que destacaban Morgan Freeman y Matt Damon. Para terminar este post queremos utilizar las frases del propio Nelson Mandela que explican este gran logro que consiguió después de haber recuperado su libertad y la de muchos de sus compatriotas: “El deporte tiene el poder de inspirar. Tiene el poder de unir a la gente como pocas cosas lo tienen. El deporte puede crear esperanza donde alguna vez solo hubo desesperanza. Es más poderoso que el gobierno para romper barreras raciales”.
                                        Luis Gállego

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