Para esta nueva entrada del blog traemos la segunda sugerencia de un libro que trata sobre los errores y engaños de las industrias alimentaria y cosmética. Su título es “Vamos a comprar mentiras. Alimentos y cosméticos desmontados por la ciencia” y el autor, José Manuel López Nicolás, químico y responsable del prestigioso blog “Scientia”, aborda el tema desde la perspectiva de la difusión científica a diferencia del enfoque más psicológico que tenía la obra de Ana Isabel Gutiérrez Salegui que se comentó en la primera entrega.
El libro comienza llamando la atención sobre el gran número de alimentos que se venden en los supermercados que hace unas décadas no existían: funcionales, dietéticos, ecológicos, complementos alimenticios, etc. Entre ellos se encuentran los alimentos funcionales, que son aquellos que tienen un efecto específico sobre alguna función fisiológica. No obstante sorprende que a día de hoy no están regulados por ley y, por tanto, no tienen una definición formal. Respecto a ellos el autor indica que no tiene ningún sentido consumir alimentos funcionales, sino se cambian los hábitos de alimentación para hacerlos más saludables porque en caso contrario los alimentos funcionales sólo son parches que no solucionan el problema de fondo.
En el segundo capítulo se analizan los productos Actimel y Activia de la multinacional francesa Danone. Se comienza explicando que Activia es una leche fermentada a la que se le añade el probiótico Lactobacillus casei y que, junto con Activia, supone el 25% de la facturación de Danone. Tras recibir diversas denuncias y acusaciones por parte de asociaciones de consumidores de Alemania, Gran Bretaña y España por su engañosa publicidad sobre sus efectos sobre el sistema inmunitario, en 2010 la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) rechazó todos los informes presentados sobre los presuntos efectos beneficiosos del Lactobacilus casei que contiene este producto. Sin embargo, Danone logró sortear este obstáculo utilizando una argucia legal. Esta consistió en mantener que ayuda al sistema inmunitario pero basándose no en el probiótico, sino en su contenido en vitamina B6 de 0,21 miligramos, que supone el 15% de la cantidad diaria recomendada lo que permitía por ley mantener la frase de los efectos sobre el sistema inmunitario. En el envase pusieron esta información en letra pequeña y usando el sistema del asterisco camuflado en el dibujo de una gota de leche. Eso sí sin especificar que esa vitamina se puede encontrar en multitud de alimentos y, en algunos de ellos, en proporciones mayores como en las sardinas, el salmón, las nueces, el plátano y algunas legumbres.
En el siguiente capítulo se analiza el sector de los lácteos porque es uno de los que más experimentado la introducción de alimentos funcionales. Así, hoy en día, es difícil encontrar una leche que no lleve algo: calcio, omega-3, vitaminas, fibra, fitoesteroles o jalea real; o, por el contrario, a la no se le haya quitado algo: grasa, lactosa, etc. Y luego se hace repaso de las leches para adultos tomando como ejemplo y referencia la Eficalcio de la marca Puleva, que en su publicidad asegura que ninguna leche fija mejor el calcio en los huesos. Respecto a ella se comienza indicando que lo de fijar el calcio no tiene ningún sentido pues el calcio no se fija, sino que se absorbe. A continuación se analiza su composición partiendo de la base de que, el componente que ayuda a la absorción es la vitamina D y se comprueba con asombro que Eficalcio contiene 1,5 microgramos por cada 100 mililitros, exactamente igual que los otros productos lácteos de la misma marca enriquecidos con esta vitamina pero cuesta un 15% más.
El siguiente apartado está dedicado al colesterol y la lactosa. Comienza explicando lo que es el colesterol y tratando de rebatir los mitos erróneos que circulan sobre él. A continuación analiza los productos del mercado que aseguran que bajan los niveles de esta sustancia: Danacol de Danone, Benecol de la empresa Kaiku, Naturcol de Central Lechera Asturiana o los productos de la gama Flora proactiv de la multinacional Unilever. Después, el autor explica que el efecto de estos productos se basa en que contienen esteroles y estaroles, que son las sustancias que desempeñan en los vegetales las funciones que el colesterol realiza en los animales y tienen una estructura parecida. Por eso estas sustancias compiten con el colesterol en la absorción intestinal logrando que esta sustancia no pase al torrente sanguíneo. Por tanto parece demostrado el efecto reductor de estos productos sobre el LDL o “colesterol malo” pero hay que tener en cuenta que ese es sólo uno de los factores de riesgo de las enfermedades cardiovasculares junto con el consumo excesivo de alcohol y tabaco, una nutrición inadecuada, el sobrepeso, la falta de actividad física, la hipertensión y la diabetes. Además, los estudios científicos realizados recomiendan no consumir más de 3 gramos diarios de estos compuestos bioactivos y no tomarlos durante el embarazo ni por niños menores de 5 años.
A continuación se analizan los productos sin lactosa que últimamente han invadido el mercado. Para ello se comienza ofreciendo una visión general de este azúcar de la leche y de su función en el organismo humano. Respecto a ellos la postura que se defiende en esta obra es que son muy útiles para personas que tienen intolerancia a esta sustancia pero que su consumo no tiene razón de ser para el resto de la población. Además, se recuerda que la lactosa contribuye a la absorción del calcio. Por tanto, la conclusión es que no merece la pena pagar hasta un 33% más por productos sin lactosa al 90% de la población que no sufre intolerancia a este componente de la leche.
En el siguiente capítulo, José Manuel López, aborda el tema de las bebidas energéticas. Para ello comienza advirtiendo que éste es el sector de los alimentos con suplementos que más ha crecido y más rápido en los últimos tiempos sobre todo gracias al mercado adolescente. Desde la aparición de Red Bull en 1987 inaugurando esta modalidad de productos han surgido gran variedad de marcas como Monster, Rockstar, Burn, Misil, Contact, etc. Todas ellas se basan en un ingrediente que asegura tener ese efecto revigorizador y energetizante. Así, por citar los tres más conocidos y consumidos en el caso del Red Bull es la taurina, la L-Carnitina en Monster y el ginseg en Burn. Sin embargo, según la EFSA no hay estudios concluyentes sobre los efectos de estas sustancias.
Además, estas bebidas tienen un alto contenido en azúcar y, sabido es que como ya se ha explicado en este blog, el alto consumo de azúcar está relacionado con enfermedades como la obesidad, la diabetes, la caries o las cardiovasculares. Así, una lata de Monster contiene 55 gramos de azúcar lo cual se puede comparar con los 25 a 37,5 gramos diarios que recomienda la Asociación Americana del Corazón.
A ello hay que sumar que estos productos también tiene un alto contenido en cafeína que llega a ser de 160 mg en el caso de la bebida antes mencionada. Para hacerse una idea de lo que supone se puede mencionar que un café expreso tiene entre 80 y 100 mg de cafeína. Y esto implica que, tomando dos bebidas energéticas, se pueden exceder los límites con los consiguientes síntomas de inquietud, nerviosismo, excitación, insomnio, trastornos gastrointestinales, etc.
En el siguiente epígrafe el autor hace una decidida defensa del uso de los aditivos alimentarios partiendo de la base de que su seguridad está demostrada científicamente y que han pasado controles químicos, físicos y microbiológicos. A continuación denuncia la publicidad que utiliza mensajes como: “Sin aditivos”, “Sin conservantes ni colorantes” porque favorecen la quimiofobia o rechazo social de la química sin tener ningún motivo real que lo justifique. Por otra parte se comenta el sinsentido que supone que diferentes organismos califiquen de forma diferente el mismo producto, aprobándolo o prohibiéndole como a veces sucede con la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) de la Unión Europea y la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA) de Estados Unidos. El autor insinúa que estas diferencias se deben, en parte, a la coacción ejercida por las empresas alimentarias y pone como ejemplo la sacarina. Este edulcorante artificial estuvo mucho tiempo prohibido en Norteamérica por la presión ejercida por el lobby azucarero algo que no sucedió en Europa. El capítulo termina pidiendo que se revise la legislación vigente para evitar la publicidad que estigmatiza de forma engañosa el uso de aditivos.
En el siguiente apartado José Manuel López critica el papel que a veces desempeñan asociaciones profesionales, fundaciones o sociedades avalando productos, y también el de los medios de comunicación que no informan correctamente.
Por otra parte, se crítica el papel de los medios de comunicación comenzando por la publicidad encubierta realizada tanto en series en las que se muestran las marcas de productos como en programas de noticias en los que se emiten publirreportajes como si fueran verdaderas noticias buscando que el espectador tenga una actitud menos crítica y más confiada. Asimismo se cuestiona que los medios de comunicación concedan más atención y tiempo a las pseudociencias que a la ciencia porque venden más. Termina el capítulo haciendo un llamamiento para aumentar la cultura científica de la sociedad que evite estos engaños, especialmente a políticos para que no recorten en educación, a universidades para que den importancia a fomentar la cultura y a científicos para que colaboren y no desprecien la divulgación de sus materias.
En el siguiente capítulo se aborda la nanotecnología y su aplicación en la industria alimentaria. Para ello comienza explicando en qué consiste esta tecnología ultrafina que trabaja con medidas de 1 y 100 nanómetros, es decir, del tamaño de los virus. Sin embargo, el autor recuerda que la seguridad de estos compuestos no está todavía demostrada y que los detractores la critican especialmente por dos motivos: por su mayor reactividad debido a su superficie y que su pequeño tamaño les permite atravesar barreras fisiológicas como la intestinal o la hematoencefálica sin que se sepa cuáles pueden ser las consecuencias a medio y largo plazo. Por ello el autor de este interesante libro reclama que se debe cambiar la legislación y los métodos de control de estas sustancias para solucionar las lagunas actualmente existentes. Y propone un decálogo de actuaciones para regular este incipiente mercado.
En el siguiente capítulo, que es el último que trata sobre productos alimentarios, se analiza el resveratrol, producto al que recientemente se le atribuyen propiedades casi milagrosas para detener el envejecimiento celular y, por tanto, por sus supuestos efectos rejuvenecedores. Este es un polifenol que se encuentra presente en los vegetales y que tiene la función de defenderlos de las agresiones del entorno. Donde se encuentra en mayor abundancia es en la uva tinta. Como consecuencia de ello han aparecido en el mercado complementos alimentarios basados en este producto. El más importante es el Revidox de Actafarma, que fue el primero de este tipo y el que más éxito ha tenido pues se han vendido más de un millón de cajas. Respecto a sus propiedades, José Manuel López, indica que no están demostradas científicamente ni avaladas por la EFSA y que su eslogan publicitario se permite por su contenido en selenio más que por el del resveratrol.
Después de dedicar otras cien páginas más a denunciar los engaños de la publicidad de cosméticos con nombres y apellidos, el libro termina desarrollando un sencillo método de cinco puntos para analizar cualquier producto y comprobar su veracidad y su posible eficacia.
Todo lo comentado hasta ahora creemos que demuestra el interés que tiene el libro “Vamos a comprar mentiras” tanto por la precisión de su información como por la valentía de sus denuncias. Su lectura ayudara a todo aquel que pretenda llevar una alimentación más consciente y saludable y defenderse de las trampas y medias verdades de la publicidad.









